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- La IA se está comiendo a sí misma, y ya tiene nombre de enfermedad
Alimentar modelos de IA con imágenes hechas por IA ya tiene nombre, por analogía con las vacas locas. Lo primero que se pierde es lo excepcional, y Europa empieza a preguntar con qué se entrenó cada motor.
- La innovación que marca la diferencia no es la última herramienta
Un profesional no se mide por lo que añade, sino por cómo cuida lo que se le confía. Sobre confidencialidad, IA y la primera generación de un oficio nuevo.
- Mismo criterio, dos desenlaces: qué decide la autoría de una imagen con IA
¿De quién es lo que generamos? Dos casos ante la misma oficina, dos desenlaces, y lo que de verdad decide la autoría de una imagen hecha con IA.
La innovación que marca la diferencia no es la última herramienta
Un profesional no se mide por lo que añade, sino por cómo cuida lo que se le confía. Corremos todos a incorporar la última herramienta, es la conversación de este año y la del anterior, pero esa carrera no es la que nos define. Y en la visualización de arquitectura esa distinción nunca había importado tanto.
Conviene recordar de dónde venimos. Este oficio nació para llevar la maqueta más lejos, para poder pensar formas que a mano eran casi impensables. El Guggenheim de Bilbao es el ejemplo que a todos nos viene a la cabeza: Gehry levantó aquellas curvas de titanio escaneando una maqueta física dentro del ordenador, con un software que venía de la industria aeroespacial. Un crítico llegó a decir que el edificio no podría haberse construido sin esa tecnología. No era todavía render, era diseño y geometría, pero ahí empezó a torcerse la frontera entre lo que se puede imaginar y lo que se puede construir.
Desde entonces todo se ha vuelto más digital y, a la vez, menos tangible. Es una profesión joven, de apenas tres décadas, que en buena parte la hemos aprendido solos: el software fue por delante de la escuela. No hay nada que esconder en eso. Somos, en cierto modo, una primera generación aprendiendo sobre la marcha, y encima se nos ha venido un tsunami que todos conocemos por sus siglas, IA (pongan aquí, mentalmente, los violines de Psicosis). Es normal ir con preguntas. Lo que no es normal es hacer como si no existieran. Así que hablemos de algo de lo que casi no se habla: de cómo se está tratando, o más bien de cómo no se está tratando, la confidencialidad de los proyectos.
Lo que llega a nuestras manos no es nuestro. Un render es un proyecto ajeno que nosotros acercamos a la realidad. Dentro va el trabajo del cliente, sí, pero también el de mucha gente que ni siquiera nos ha contratado: el mobiliario de una marca, un material concreto, los planos de un estudio de arquitectura (la casa de un particular), un edificio que todavía no es público. Cuando manejamos esa imagen, manejamos la confianza de toda esa cadena. Y protegerla es la primera parte del trabajo, no un añadido.
Las regulaciones empiezan a llegar, y hacen falta. En Europa ya hay dos piezas concretas: la Directiva de derechos de autor de 2019, que te deja reservar tu obra frente a la minería de datos, y el Reglamento de Inteligencia Artificial de 2024, que obliga a los grandes modelos a respetar esa reserva y a publicar con qué se han entrenado. Pero un profesional no espera a que le obliguen, y además la ley te da la herramienta, no la usa por ti.
Lo aprendió por las malas Robert Kneschke, un fotógrafo alemán que un día encontró sus imágenes dentro de LAION, la gigantesca base de datos que ha servido para entrenar a media IA generativa. Las habían recopilado rastreando la web. Kneschke demandó, y perdió, primero en 2024 y otra vez en apelación en 2025. El tribunal de Hamburgo dio por buena esa recolección por dos motivos: se amparaba en una excepción para investigación y, sobre todo, la prohibición que él había puesto (un aviso, en lenguaje normal, en las condiciones de la web donde vendía sus fotos) no valía, porque no estaba en un formato que una máquina pudiera leer. Traducido: un cartel de prohibido el paso escrito para personas no lo lee un robot. Hay que decírselo en su idioma.
Hay, eso sí, un matiz a nuestro favor que poca gente conoce. La Ley de Propiedad Intelectual española, en su artículo 43.5, dice que cuando cedes tus imágenes para un proyecto esa cesión no alcanza a usos que ni existían cuando firmaste. Entrenar una IA con un render encargado hace años no estaba sobre la mesa: ese permiso nunca se dio, sigue siendo tuyo. Nos protege mirando atrás. De aquí en adelante, en cambio, el uso ya se conoce, así que ese hueco lo llenas tú, escribiéndolo en el contrato.
Y que nadie piense que esto es teoría lejana. Conviene separar dos problemas. Uno es lo que entra: Anthropic acordó pagar mil quinientos millones de dólares a autores y editoriales por haberse entrenado con libros que descargó pirateados. A OpenAI, en su pleito con el New York Times, un juez le ordenó a principios de este año entregar veinte millones de conversaciones para poder rastrear qué había dentro. El otro problema es lo que sale: Disney, Universal y Warner han demandado a Midjourney porque su IA generaba a personajes suyos tan reconocibles como Elsa o los Minions. Ese caso sigue abierto, pero es el más cercano a lo nuestro, porque va de imágenes. El patrón se repite: una vez la obra entra en la máquina, el daño no se deshace. Se paga, o se expone, pero no se borra.
Y hay que entender las herramientas que uno usa, porque hasta la protección tiene grietas. La ley te deja poner un sello dentro de la imagen, en sus metadatos, para decir no entrenes con esto. Pero es frágil: basta con que una plataforma comprima la foto para que pese menos y ese sello desaparezca. No por maldad, por optimización. La organización que fija el estándar lo comprobó: de quince plataformas, solo una conservaba esa información. Y borrar esos datos está prohibido, sí, pero solo cuando se hace a propósito, y una compresión automática no tiene intención. El cuidado, entonces, no puede descansar en un solo sello: descansa en el criterio, en el contrato, en hacer el esfuerzo de informarse y en aprender qué es lo que estás usando.
En esto no tengo una respuesta cerrada, y sospecho que nadie la tiene todavía. Somos la primera generación de un oficio nuevo al que le ha cambiado el suelo bajo los pies. Lo sensato no es correr más ni pararse, sino aprender sin perder el foco: respetar los datos, el trabajo y la confianza de quien nos los deja. Porque al final la innovación que marca la diferencia no es la última herramienta. Es ser el estudio en el que se puede confiar. Y ese, curiosamente, es un trabajo que no hace ninguna máquina por ti.
Bibliografía y fuentes
España, Ley de Propiedad Intelectual (TRLPI, RDLeg 1/1996), art. 43.5: la cesión no alcanza a modalidades de uso inexistentes o desconocidas al firmar. BOE
Directiva (UE) 2019/790, sobre derechos de autor, art. 4: excepción de minería de datos y reserva de derechos por medios legibles por máquina. EUR-Lex
Reglamento (UE) 2024/1689 (Reglamento de IA), art. 53: obligaciones de los modelos de IA de propósito general (respeto de la reserva y resumen de datos de entrenamiento). artificialintelligenceact.eu
Robert Kneschke c. LAION: LG Hamburg, 27 de septiembre de 2024 (310 O 227/23) y OLG Hamburg, apelación de diciembre de 2025 (5 U 104/24): la reserva de derechos debe ser legible por máquina. Bird & Bird
Bartz c. Anthropic: acuerdo de 1.500 millones de dólares con autores y editoriales por el uso de libros pirateados (2025). NPR
The New York Times c. OpenAI: orden judicial de entregar 20 millones de conversaciones de ChatGPT (enero de 2026). National Law Review
Disney, Universal y Warner c. Midjourney: demanda por generación de personajes protegidos (junio de 2025, en curso). Time
Directiva (UE) 2001/29 (InfoSoc), art. 7: protección de la información para la gestión de derechos. EUR-Lex
IPTC, Social Media Photo Metadata Test (2016): de 15 plataformas, solo Behance conservaba los metadatos. IPTC
Guggenheim Bilbao y CATIA (Fundación Guggenheim). guggenheim.org
Este artículo tiene carácter informativo y divulgativo; no constituye asesoramiento jurídico.
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