No todo lo que hacemos es un encargo. Estos son ejercicios propios: escenas que montamos para probar una luz, un material o una idea, sin cliente y sin plazo.
Un jardín urbano detrás de una celosía de listones de madera a doble altura, con la sombra de un árbol encima. Una ducha exterior de mortero rosado, grava y trepadoras. Un comedor de microcemento gris con la cortina al viento y hojas de otoño en el suelo. Y un rincón de teletrabajo nórdico industrial, desenfadado, con su radiador azul.
Sirven para lo mismo que un cuaderno: aquí se prueba, se falla y se afina. Lo que funciona acaba después en los encargos.